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martes, 24 de septiembre de 2013

Lucas Oliveira: "Todo, pero todo lo que escribo lo publico"

por Milena Bertolino 

Reglas muchas, escuadra,  rodillos, prensa, martillo, pliegos,  lupa, pintura, pinceles. Curiosos escrutamos la cocina de Funesiana que Lucas Oliveira (Buenos Aires, 1978) nos muestra en su foto y nos preguntamos qué escritos serán su amasijo por estos días. Lucas, además de editor es también poeta y desde estos dos oficios se mueve a empujones contra una realidad que atestigua: el peligro de que pongan, “de un momento a otro”, “la poesía junto a los peloteros en los Mc Donalds" 

¿Qué lectura (texto, película, música) o experiencia te llevó a escribir poesía? ¿Qué gatilló el poema? ¿Qué edad tenías? ¿Provenías de un ambiente familiarizado con la poesía o la literatura?
Empecé a escribir poesía en una especie de gesto bromista que buscaba reírse de la solemnidad de los poetas que conocía por entonces. Siempre había escrito narrativa; cuentos, cuentitos, relatos, relatitos. Nada muy espectacular, todo muy por la superficie, gritando las palabras, con un mínimo gusto por la ortografía pero ni siquiera consciente de la estética, el sonido de las palabras ni la lectura de poetas de cierta trayectoria. Hasta que viajé a Chile por primera vez. Valparaíso. Volví con una nociva fiebre por “publicar” y saqué algo que venía escribiendo en cuadernitos: “Poesía para Gerentes”.
En mi familia no se promovía la literatura aunque sí el estudio y una cierta familiaridad con los libros. Lo que logré con mi primer libro de poemas fue el “despertar” de una parte de mi escritura que me hizo madurar todo lo que había escrito antes. Y me acercó a muchos libros, muchos autores. Entendí a los poetas chilenos que había conocido y que no tenían absolutamente nada de solemnes. No creo que haya habido algo puntual que me llevó a escribir poesía aunque sí creo en la complejidad de algunos sistemas que provocan consecuencias indescriptibles a simple vista.

  

¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Tenés un método, un horario, un lugar? ¿Te acompañás con lecturas?
No tengo un proceso homologado pero sí hay algo que me sucede últimamente. Para mí Internet ha sido bisagra en mi vida. Me abracé a la causa, lo cual me trajo problemas y algunas soluciones. Escribir para mí es algo muy vital, sin lo cual desfallecería redondamente. Pero no así publicar. Sin embargo, desde Internet para acá, la palabra “publicar” se ha complejizado bastante por lo que mi proceso sería más o menos siempre el mismo: aparece una idea, la transcribo a mano, la paso a la computadora (corrijo de ser necesario), dejo pasar el tiempo, vuelvo a corregir, pienso en qué lugar de todos mis espacios de publicación puede ir, dejo macerar la idea, pasa el tiempo, vuelvo al texto para una corrección final y publico; puede ser Twitter, Facebook, blog personal o un archivo en el que se acumulan diversos textos con una misma “tonalidad” que puedo llamar “proyecto de libro”. Para que un texto que pienso llegue a un libro tiene que sortear todas esas barreras antes. Hay un escalafón: si sale en Twitter, es una pelotudez, si sale en Facebook es una reflexión pelotuda que requiere de una argumentación, si necesito opinar utilizo el blog pero si encuentro que la idea, mi propuesta estética literaria o el sonido de las palabras que resuenan en el texto carecen de temporalidad, de atadura con la coyuntura, se escapan de mi rutinaria vida cotidiana y creo que pueden llamarle la atención a mis parientes y/o amigos escritores, entonces (sólo entonces) creo que estoy frente a un texto para publicar en un libro.
TODO pero TODO lo que escribo lo publico, de alguna manera. Para llegar a la instancia “libro” debe pasar muchos de los filtros que me autoimpongo. La mayoría de lo que hago no pasa del nivel 2; el 98% podría decir. O podría decir; el 70% de las cosas que escribo salen en Twitter. Pero hay un 2% que tiene chances de ser macerado, regado con tiempo, con cuidado, como si fuera un bonsai, corregido, aromatizado, desguazado y vuelto a armar con dedicación, con fineza y con pragmatismo. Mi segundo libro de poemas (Pura sangre busca establo) me tomó tres años de obsesión por el cantito, el sentido, la cadencia, los cortes, las bajadas. En ese sentido,  me ayuda mucho la lectura en voz alta. Se produce un cantito, una sonoridad, un tatatá, tatá, tatá, tararara, pimpím, papun, cazun propio, música que busco sentir en el cuerpo. También busco similitudes con algunas obras musicales que me conmuevan y me esfuerzo por buscar que suenen parecidos pero casi siempre me estrello contra el sentido de lo que dice el poema, el cuentito, la historietita. Hay ratos que creo que esa música es mucho más importante que el contenido. Que en el pasado, cuando los cavernícolas se reunían alrededor del fuego, a escuchar al viejo contar las historias que contaba, de lugares pretéritos o experiencias inentendibles, lo hacían por la música de su voz, el  tatatá, tatá, tatá, tararara, pimpím, papun, cazun de las cuerdas vocales del viejo chocando contra el viento.

¿Quién, de entre los invitados del festival, te gustaría que te lea? ¿Cómo es tu relación con el festival?
Me gusta descubrir a esos que se animan a criticarte, a contrastar con tu opinión. Me gusta el disenso. Me caen mejor los lectores atentos, activos. Esos lectores a los que una frase les caga el día o los pone histéricos. Ese tipo de lector es el que me encanta. Te puedo decir que solo conozco a Morfes y Alemián pero el resto no sé si se detendrían a leer mis textos con esa dedicación. Es muy probable que no sepan que existe una cosa así como “mi poesía”. De hecho, no sé si Seba o Manu han leído mis textos con esa dedicación. O, siquiera, si los han leído. Quién me lee, en realidad, no me importa mucho. Más me importa lo que surge recién después de que me han leído y se han acercado a criticarme o festejarme. Lo que aparezca en la charla.

Recibo la invitación del festival desde hace muchos años. Llevo las novedades anuales de mi pequeña editorial a la feria de libros que cada año se está haciendo más y más interesante. No solo para los editores que viajamos desde distintos puntos de Argentina sino también para los rosarinos que se acercan. Hemos logrado llamar la atención a las personas que vienen de otras ciudades cercanas a Rosario y así se ha ampliado el público. Todos los años me resulta una apuesta grande estar en el Festival. Cada cosa que ha surgido del encuentro con lectores, y otros autores, en el marco de la Feria ha sido llevado al campo de lo real por lo que para mí el Festival es una usina de ideas, de discusión; el perfecto espacio donde caer con dudas y ganas de aprehender nuevos poetas. 

¿Contra qué o contra quién escribís? ¿Qué autor de la contemporaneidad te parece sobrevaluado?
Cada cosa que publico la limpio de menciones personas particulares, no me gusta dirigirme a un individuo aunque sí me atrae discutir con lo que algunas personas representan (o creo que representan). Escribo contra los vagos, contra la solemnidad, la ignorancia, contra las iglesias, contra instituciones que no se renuevan, contra los que malgastan recursos comunes. He descubierto que a veces conviene escribir a favor para que quien reciba la mención se agrande, crezca, se reproduzca y opaque a eso que me molesta. Por ejemplo, le daría un enorme espacio a las huertas informales en plena ciudad de Rosario en lugar de hablar de la enorme cantidad de edificios de más de 5 pisos que se están construyendo hace un par de años desencadenando una triste realidad ambiental en esa hermosa ciudad. Estrategia.
Pero no esquivo el bulto. Cuando llega el momento de escribir contra algo lo hago aunque requiera de mucha energía. Es por eso mismo que antes de “pelear” contra algo chequeo que mi tanque se encuentre lleno.

¿Sobrevaluado? ¿Sobrevaluado, decís porque vende miles y miles de ejemplares o está invitado a un programa de televisión a opinar sobre cualquier cosa que suceda desde “Ángeles” hasta “los fondos buitre” pasando por la influencia de Juanele en la construcción de un fotolog? ¿Sobrevaluado en el sentido de que por culpa de esa sobrevaloración ha conseguido… no sé… dejar de trabajar para dedicarse a escribir cuando podría dejar ese espacio para otro poeta que sí merece la pena ser tenido en…?
No, realmente, no entiendo quién podría estar sobrevaluado. Los poetas están subvalorados. En algunas ciudades todavía es “algo que hacen las mujeres para pasar el rato”. En Buenos Aires es “el lugar en el que se esconden los hippies para no trabajar” o “perder el tiempo”. Sobrevalorar sería darle importancia desmedida. En todos los lugares a los que voy parece que de un momento a otro van a poner a la poesía junto a los peloteros en los Mc Donalds.
Los poetas no ganan ni en cuasimonedas, por lo tanto decirle sobrevalorado a un poeta porque le hacen dos notitas de mierda (las cuales los periodistas o los jefes de esos redactores escriben mal) o le pagan un sueldo de 3000 pesos por mes me parece una exageración. Una exageración que puede llegar a explicar un cierto estado de situación que sufre aquella persona dedicada a encontrar grietas en cada uno de los estadios de la construcción de un ser humano.
La valoración realmente importante la dan los lectores especializados, los críticos literarios, varios agentes culturales de distintas gobernaciones a través de políticas culturales, la academia literaria de diversas instituciones educativas de nivel universitario y hasta la coyuntura política y socioeconómica. TODOS al mismo tiempo operan para que un autor sea valorado. Con tantos actores sociales poniéndose de acuerdo para valorar a un autor sería de una redonda estupidez decir un nombre cualquiera.
Sí me parece atinado seguir leyendo distintos autores nuevos cuando uno en particular ya no nos representa. Está. Por algún lado está. Hay que trabajar para conseguir ese pedazo de literatura que nos conforme (o nos provoque). Ser lector requiere trabajo. Quien crea lo contrario está viendo errado.

¿Cuál fue "el" momento poético que hayas vivido en las últimas horas?
Mi hijo tiene 3 meses y medio y vengo volando arriba de una nube de adrenalina y emoción desde una semana antes de que Simón nazca. La fuerza, creatividad y entereza que demostró Carolina para llevar adelante los últimos días del embarazo más estos meses de “colecho con el amor” me han embriagado de un enamoramiento enfermizo y obsesivamente epifánico. Me toma en cada momento desde hace más de tres meses. Supongo que será la falta de sueño. Imagino que en algún momento se me va a pasar. Ya veremos.

¿Qué libro o autor contemporáneo recomendarías?
Todos los que el dinero de tu bolsillo te alcance a comprar. Pero no creas; hay autores que se animan al trueque. Sí o sí recomiendo leer. Mucho. Y varias veces lo mismo, por las dudas.

¿Qué es lo que más te sorprendió encontrar al buscar tu nombre en Google?
Que hay un fotógrafo en Brasil que hace unas fotos de mierda y tiene participación en mil redes sociales. Por suerte solo está en sitios donde se habla portugués. Y que es joven también es una especie de esperanza; la juventud es una enfermedad que dura poco tiempo.

A partir de tu tarea como editor de  Funesiana. ¿Cómo ves el fenómeno de profusión de editoriales independientes que publican poesía en Argentina en los últimos años? ¿Qué horizontes y desafíos creés que plantea?
Me parece un hermoso fenómeno. Creo que no hay tantas como me gustaría aunque ya hay más de las que instituciones anquilosadas y patoteras pueden contar. Eso es un gran movimiento. Me alegra más que nada porque lo real es que no duran muchos años. Aparecen y desaparecen en dos o tres años, como mucho. Creo que el desafío está en permitirle a un editor chiquito poder continuar todo lo que quiera, dentro de un marco sensato, en el que haya una circulación de recursos que permita a estas pequeñas editoriales ser un puente entre unos escritores y unos lectores. Tampoco habría que obviar la cuestión comercial y financiera: los libros se imprimen con dinero y recursos naturales. Muchas editoriales queremos que eso cambie: que se incluyan en la ecuación los recursos humanos, la noción de medio ambiente, que se favorezca la bibliodiversidad y no se construyan monopolios que tarde o temprano digitan comportamientos de lectura y venta de productos chatarra.
Pero es medio una utopía. El primer desafío creo que sería lograr ser tomados en serio: editores y autores de pequeños proyectos editoriales. Y que se cree un espacio de reflexión y contemplación para que todo aquel interesado pueda comprender los diversos objetivos que tienen los diversos proyectos editoriales. Porque no todos queremos “vender”. No todos queremos tener oficinas o empleados. Otros queremos otras cosas.


El blog de Lucas.

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